miércoles, 16 de diciembre de 2015

ROSA, LA ATREVIDA

Buenos Aires, 1940
El reloj de la estación ferroviaria del pueblo marcó las seis de una mañana despejada y calurosa. Familias enteras se reunieron en el andén para despedir a los familiares que partían hacia Buenos Aires, destino soñado para los habitantes del interior del país.
Una señora gorda y rubicunda junto a dos muchachitas delgadas y pecosas, agitaban a modo de despedida pañuelos blancos. Las tres lagrimeaban. Rosa, la mayor de sus hijas se marchaba a la Capital detrás de una ilusión : triunfar.
La noche anterior mientras tomaban mate cocido con tortas fritas, la madre le daba las últimas recomendaciones a su hija.
_ Rosa, la verdá', no me gusta nada este viaje tuyo.
_ Máma, lo discutimos mil veces. No voy a cambiar de parecer, además ya compré el pasaje. Mañana me voy pa' la Capital.
La madre frunció el ceño, era imposible discutir con Rosa, ella siempre se salía con la suya.
_ No me ponga esa cara máma. Lo hago por las tres. Si consigo un buen trabajo, ustedes también podrán viajar pa' Buenos Aires. ¡Va a ver que bien nos va ir!, confío en que la virgencita nos va a ayudar a salir de esta miseria.
_ No seas desagradecida, pa' comer nunca nos faltó.
_ Máma, estoy segura que existe otra forma de vida, una vida en la que además de trabajar, se pueda disfrutar. ¡Quiero divertirme máma! Conocer nuevos lugares, nuevas gentes. Quiero una oportunidad para progresar, para ser feliz. Me cansé de trabajar como una burra para los terratenientes, siempre nos roban , se aprovechan de nuestra ignorancia. Me cansé de verla lavar y planchar por unos míseros centavos. Quiero que mis hermanas estudien, que lleguen alto en la vida.
_ Sé que buscás nuestro bien, pero tengo tanto miedo... allá sola, sin nadie que te cuide. ¡Ay hijita! _ se derrumbó en un llanto amargo.
_ Por favor, no llore. Soy muy fuerte y sé cuidarme. 
Las cuatro se fundieron en un abrazo intenso, cálido. Nunca se habían sentido tan unidas.
El sonido agudo del silbato anunció la salida del tren. Con medio cuerpo fuera de la ventanilla, Rosa, les gritó:
_ Ni bien llegué y esté instalada la llamó al teléfono del almacén de don Pancho. ¿Escuchó máma?
_ Sí hijita,si. Te quiero.
Fue lo último que comprendió, las otras palabras no alcanzó a escucharlas debido al chillido de las ruedas de los vagones sobre los rieles.
La locomotora inició la marcha flameando al viento su estandarte de humo. 
Rosa estaba conmovida, ella, una pobre campesina estaba a punto de iniciar una aventura mágica, de ensueño.
Mientras el tren corría atravesando campos, sembradíos y bosques, Rosa pensaba:
"Es maravilloso lo que estoy viviendo. Yo, la Rosa, la más pobre de todas mis amigas, me estoy yendo pa' Buenos Aires. El traqueteo del tren me da sueño, pero no quiero dormir, quiero disfrutar del paisaje, de esta sensación de libertad.
La máma se quedó triste, me da pena hacerla sufrir, pero ni loca me quedaba en ese pueblo de hipócritas y avaros. Quiero conocer la capital y nadie me lo va a impedir. Voy a trabajar para el progreso de mi familia y voy a luchar con todas mis fuerzas para conseguirlo.
Voy a juntar mucha plata para comprar una casita con muchas habitaciones, ¡basta de vivir amontonados!. Ojalá tenga también un patio enorme para organizar bailes con las amigas porteñas que seguro voy a conocer. Eso sí, voy a tratar de no robarles el novio como lo hacía en el pueblo, no quiero líos, bastantes tuve ya. Pero que le voy a hacer, ¡me divierte hacerlo!, no tengo la culpa de ser tan, tan, seductora.
¡Cómo se mueve este tren! Entre los nervios que tengo y el ruido que me hacen las tripas del hambre, no puedo pegar un ojo. ¿Cuánto faltará pa' llegar?
¿Será verdad que los porteños se burlan de los provincianos?  Nos dicen cabecita negra. ¡Desgraciados! Poco me importa como me llamen, tengo la suficiente fiereza para enfrentarlos. ¡Nunca más alguien me pone un pie encima! Hoy, llegando a la estación Constitución, lo juro por lo más sagrado que tengo, mi familia".
Al llegar fue recibida por ruidos ensordecedores,  cientos de saludos, un repugnante olor a frito y los gritos de los vendedores ambulantes anunciando sus productos. Un oleaje de personas la mareó y la entusiasmó por igual. ¡La Capital!, por fin la Capital.
Rosa no podía apartar su mirada de las mujeres. Nunca había visto semejante despliegue de elegancia...vestidos deslumbrantes, sombreros de todo tamaño y color, zapatos con tacones, guantes y carteras. "Algún día me vestiré como estas señoras", se prometió.
Los ojos de Rosa revoloteaban en todas direcciones, tratando de digerir el asombroso espectáculo que la rodeaba : taxis, colectivos de estridentes colores, tranvías, autos, y personas, miles de personas empujándose, corriendo, charlando, tomando café en los bares.
Preguntó y preguntó hasta que finalmente dio con el colectivo que la llevaría hasta La Boca, barrio de conventillos y de inmigrantes.
Un guarda, calvo y gordo, le entregó el boleto y se sentó al lado de la ventanilla. Acomodó como pudo sus dos bolsones para permitir el paso de los demás pasajeros que la miraban de reojo. Cuando al fin subieron todos, el guarda hizo sonar una campanilla y el conductor partió raudamente.
"¡Este loco nos va a matar!", exclamó asustada por la gran velocidad. Todos la miraron con sorna y se rieron de su exabrupto.
Rosa, sonrojada, pero sin amedrentarse, enfrentó con furia a un hombre que la fulminaba con desprecio.
_¿Y usted de que se ríe don?
El caballero inmediatamente desvió la vista. "Cabecita Negra tenía que ser", expresó indignado a su acompañante.
Al llegar a La Boca, descendió aliviada del colectivo. Caminó con paso vivaz buscando el hospedaje que le habían recomendado en el pueblo.
Un conventillo pintado de brillantes verdes, naranjas y amarillos le dio la bienvenida.
Cuando traspuso el portón una multitud de personas se silenciaron para observarla con curiosidad. Un grupo de hombres tomaba mate en un rincón del amplio patio de baldosas azules, muchas de ellas agrietadas; una anciana encorvada, regaba unas macetas rebosantes de malvones; una joven pelirroja de rostro demacrado, planchaba un pilón de ropa mientras dos bribonzuelos le tironeaban la falda reclamando su atención
Unas niñas en ronda entonaban una canción que le sonó extraña: "En la calle 24 hubo un asesinato, una vieja mato un gato con la punta del zapato. Pobre vieja, pobre gato, pobre punta del zapato".
Rosa, parada en medio del patio, aspiró profundamente. "De ahora en más este será mi hogar. Hoy comienza para mí una nueva vida. Si tengo que luchar, lucharé. Si tengo que llorar, lloraré. Pero nunca, ¡jamás!, me daré por vencida. Es la vida que elijo y pienso disfrutarla".

lunes, 14 de diciembre de 2015

CONSUELO, LA REBELDE

Buenos Aires, 1920
La joven entró sigilosa a una habitación que por años permaneció cerrada, el dormitorio de su madre. Mucho le costó convencer a la vieja cocinera que le diera la llave. Su abuelo le tenía terminantemente prohibido husmear por allí. Sin embargo ella quería saber algo más de su madre; no se contentaba con la foto que adornaba el inmenso piano de cola de la sala. Eso no era suficiente, ni tampoco la anodina historia que desde niña venían contándole; había algo más que nadie se atrevía a contar y ella estaba decidida a averiguar.
Al abrir la puerta, una aroma parecido al ámbar le dio la bienvenida. Era la fragancia predilecta de Consuelo, su madre; su abuela se lo había confiado un día en que estaban solas. Delante del abuelo estaba prohibido nombrarla. Otro enigma que debía resolver.
Corrió las cortinas de lino y el sol, atrevido, iluminó cada rincón.
Se detuvo frente a un mueble que parecía un tocador. Era bellísimo. De a uno fue abriendo los cajones, seis en total. Los dos primeros estaban llenos de hilos de bordar; verdes, amarillos, azules, rojos, saltaron agradecidos de su encierro. En otro, halló telas bordadas con una maestría y delicadeza que la estremeció.
Lo que descubrió en último cajón la impactó, ¡un libro prohibido!. Lo hojeó curiosa, leyó rápidamente el argumento. "El pozo de la soledad", de Radclyffe Hall... así que dos mujeres pueden besarse en la boca. No se escandalizó, se asombró que fuera la lectura de su madre y le agradó que fuera una mujer que rompiera las reglas, sobre todo las ridículas reglas de su abuelo. ¡Como las detestaba!" Las señoritas como tú, que pertenecen a la aristocracia, deben evitar los groseros resultados de la mezcolanza e indisciplina cosmopolita. Los hombres tenemos nuestro club y las mujeres su casa, donde en amables reuniones, pasan las horas de solaz, especialmente las del té, al abrigo del mal gusto de la multitud callejera que no sabe de refinamientos ni cultura y bla, bla, bla" . Odiaba a su abuelo cuando le daba esos aburridos sermones, "Y a mi madre parece que también", sonrió satisfecha.
Al cerrar el libro, un sobre amarillento cayó al piso. Con una caligrafía delicada decía Para Lourdes. "Para mí?",se extrañó. Lo abrió de prisa, ¡una carta de su madre para ella!, ¡que emoción!.
"Querida hijita:
                          Desde el primer instante que te sentí dentro mío supe con certeza que eras una niña. Te imagino con un cabello muy rubio, ensortijado y rebelde, como el mío. ¡Cómo te va a costar peinarlo!, pobrecita mía. Y tus ojos...de un azul intenso, abismal, como los de tu padre.
Siento tu corazoncito latir dentro de mis entrañas y me estremezco de amor. En este momento nada importa, ni el rechazo de tu padre ni la furia de tu abuelo ni el escándalo que explotó por mi desvergüenza. Imagínate, enamorarme de un hombre casado y ser su amante. De nada me arrepiento, si lo que hice fue pecado, te aseguro, fui muy feliz cometiéndolo.
Y más feliz aún, cuando supe de mi embarazo. Tu padre no pudo romper con su mujer, que según él estaba muy enferma y no podía abandonarla; y tu abuelo, al enterarse de todo, me echó de casa sin clemencia. ¡ El y sus normas de moral! ¡Maldita sociedad hipócrita y pacata!.
Sufro por mamá, sé que me quiere, pero mi padre la atemoriza. No pudo defenderme, pero a pesar de todo me trajo a un lugar seguro para tenerte. Así que acá estoy, en el Convento de las Catalinas.
Mi tía Carmen, la priora, apenas repara en mí. Es una mujer agria y soberbia que de sierva de Dios no tiene absolutamente nada. Nunca pregunta por mi. Nunca me sonríe, hasta en eso es mezquina. Mamá la detesta y con razón, ¡vieja resentida!
Sin embargo, Dios es bondadoso y me envió un ángel para que cuidara de nosotras, Tina, una monjita con la que comparto la celda. Conversamos, reímos; está prohibido, por supuesto, pero a nosotras no nos interesa.
Pocas veces salgo de mi celda. Allí me siento segura. Si lo hago es para tomar mis comidas en el refectorio. Esos momentos son por demás lúgubres. Comemos en silencio que sólo se rompe por las lecturas de la Biblia que una monja  realiza desde el púlpito.
Disfruto pasear por el patio en las tardes soleadas y cálidas, y sentarme cerca de la  fuente que engalana el jardín colmado de flores.
Las monjas pasan delante de mí sin mirarme, la pecadora no existe para ellas. Todas rezando, meditando. Ellas tienen a su Dios y yo te tengo a ti, la razón de mi vida. 
Cuando estoy triste, pongo las manos sobre el vientre y al sentir tus pataditas, todos los nubarrones desaparecen. Cuanto me gustaría compartir estos momentos con tu padre. Ojalá el destino permita que algún día lo conozcas. Por favor, no lo juzgues. Es un hombre débil , estoy segura que me ama. Yo ya lo perdoné.
Hoy recibí una nota de mi madre. Me cuenta que mi padre no está bien de salud. ¡Que disgusto le he dado!. Es un gran hombre, serio, responsable, honrado, pero incapaz de perdonar. El y sus escrúpulos...Me duele su actitud severa y fría. Al principio lo odié y deseé su muerte, ahora me arrepiento de esos oscuros sentimientos.
La otra tarde, sacando cuentas con mi querida Tina, concluimos que llegarías al mundo a mediados de febrero. El once de ese mes se celebra a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de Lourdes. Estoy enterada porque descubrí la fecha en el breviario de Tina. Lourdes, me gusta ese nombre. Espero que estes de acuerdo con mi elección.
¡Ay, Lourdes, no veo la hora de conocer tu carita, de apretarte contra mi pecho.
Que va a ser de nosotras, no sé. A donde iremos, tampoco. Lo único cierto es que nunca nos van a separar, no lo permitiré. Tina me ayudará;  mamá, también.
¡Qué calor hace! Hoy desperté con una molestia en la cintura y en el bajo vientre. Parece que ya empecé con el trabajo de parto.
Hasta aquí mi crónica de lo que viví en esta prisión, dulce por tu presencia. Quiero que siempre recuerdes que mi vida es tuya y que mi esperanza eres tú.
Defiende tus convicciones, no le concedas a otro decidir por ti; déjate guiar por tus sentimientos y en todo tiempo escucha a tu corazón, él nunca se equivoca.
Siempre estaré contigo protegiéndote y amándote. Con amor, Mamá".
Dos lágrimas cayeron sobre el papel destiñendo la tinta, lágrimas de orgullo por una mujer aguerrida que se enfrentó con valentía a los tabúes de se época, una mujer que no sobrevivió al parto, pero que permaneció en el alma de su hija.
"Te prometo que voy a luchar por lo que quiero sin importar con quien deba enfrentarme. Lo haré por ti".


                                                                                       
                                                                           

RECUERDOS CON SABOR A CARAMELO

No sé si será la edad, el clima o ¡que!, pero esta mañana la nostalgia se apoderó de mi memoria.
Dulces recuerdos, como mariposas de colores,. vuelan a mi alrededor transportándome a mi infancia, hace tantos años ya. Época cálida, mágica, fecunda en fantasías.
Hadas y Princesas eran mis amigas. Brujas y Cucos, mi pesadilla.
Uno de esos Cucos era el famoso "Viejo de la bolsa", fiel aliado de madres desesperadas.
Cada vez que un niño desobedecía o cometía una travesura, ese señor antipático aparecía magistralmente y lo metía dentro de su bolsa de arpillera para no volver jamás. Desaparecía.
Cierta vez pasamos con mi mamá frente a un caserón abandonado, el césped alto, la pintura desconchada, las persianas de las ventanas rotas.
"Ahí vive el viejo de la bolsa", me dijo muy seria.
Yo, de apenas cuatro o cinco años, empecé a temblar y apreté con todas mis fuerzas la mano de mi mamá.
"¡Oh no!, que cerca de mi casa vive", pensé con pánico. A partir de ese momento prometí ser la mejor niña del mundo.
Aún hoy, la casa siniestra está en pie; destruida como en ese entonces, pero presente.
Al pasar delante de ella ya no lloro, ya no temo. Ahora sonrío, recordando la inocencia y el candor de aquella época, que vive y palpita en mi corazón.

























































































































domingo, 13 de diciembre de 2015

EUGENIA, FORTALEZA DE ESPIRITU

"Toda cubierta de sangre
 Aquella infeliz cautiva,
 Tenía dende abajo arriba
 La marca de los lazazos.
 Sus trapos hechos pedazos
 Mostraban la carne viva"  Martín Fierro.

Argentina, enero de 1822
En un camino polvoriento, una carreta  cargada de bienes personales, se desplaza lentamente hacia nuevos horizontes.
Pedro y Eugenia, sentados uno junto al otro en el estrecho pescante, entretejen sueños y planes. Detrás, en una canasta bien protegida, duerme un niño pequeño.
Pedro es maestro y esta es la primera posibilidad que se le da para ejercer su profesión tantas veces postergada.
Con tristeza, pero ilusionados, abandonaron la casa paterna de Eugenia que hasta ese momento los albergó.
Su destino era Santa Magdalena, un pueblito al sur de Córdoba, lindero con las fronteras de Buenos Aires.
Eugenia cierra sus ojos y apoya la cabeza sobre el hombro de su marido y comienza a imaginar su propia casa. Pequeña, de blancas paredes, custodiada por un robusto algarrobo de copa ancha y tupida; un arroyo correría cerca de su hogar, ofreciéndoles su agua fresca. Adormilada por el constante traqueteo, sonrió feliz.
De repente un sonido extraño, rompe la quietud del paisaje. Levanta sobresaltada la cabeza y mira a su alrededor. Pedro, nervioso, toma el trabuco.¿Qué sucede?
Un grito de espanto se le queda atorado en la garganta. Indios. Un malón. Muerte.
Eugenia los ve envueltos en una nube de polvo, salvajes ranqueles montados en sus caballos y armados con boleadoras y lanzas. Intenta tomar en brazos a su pequeño, pero las ruedas saltan y ella cae de la carreta.
Pedro les dispara. La mano le tiembla y el disparo se desvía, sin embargo una lanza enemiga acierta en el corazón del hombre.
María grita, grita hasta convertirse en un alarido intenso. Un golpe seco en la nuca la calla hundiéndose en la oscuridad.
Cuando despierta está cautiva en una toldería. El primer pensamiento es para su marido. "Recé para que mataran a mí también. Pero mi suerte fue peor que la muerte", pensó abatida."Y mi hijito, ¿dónde está mi hijito?".No pregunta por su niño, teme hacerlo, aunque su corazón de madre le asegura que sigue vivo. 
Un ranquel, soberbio y altanero, entra en la vivienda, un toldo de cuero de caballo. Clava su mirada preñada de lascivia en ella y la toma por la fuerza, salvajemente. Ella primero se resiste, pero después se resigna a su destino.
Sus otras mujeres, dos indias y una blanca, prisionera desde niña, la maltratan por celos. Cada vez que Eugenia va la monte a recoger leña, la esperan agazapadas detrás de algún caldén y la golpean con brutalidad. Busca con precaución a su hijo en la toldería, no lo halla. Su alma llora.
Las tareas más pesadas son su responsabilidad. Además de acarrear agua y leña, debe cuidar el ganado soportando el intenso sol del mediodía, en verano o un frío que le cala los huesos, en invierno. La obligan a participar del curtido de cueros, algo asqueroso. Sus manos quedan tan lastimadas, que por un tiempo pierde el sentido del tacto.
En la primavera queda embarazada y a principios del verano aborta naturalmente. Pierde tres embarazos más y su captor la acusa de estar maldita. "Tu vientre escupe mi simiente, Pillén te ha engualichao' ", la desprecia invocando a su dios, espíritu maligno que habita en los volcanes. Nunca más la vuelve a tocar. Por primera vez Eugenia es feliz, no más noches tormentosas en que manos rudas acarician su cuerpo, no más...
Una calurosa mañana, un aullido desgarra el descanso de la toldería anunciando la peste, el azote del cielo, como la llaman los indios.
El cacique, sus capitanejos y la machi (bruja) se reúnen en asamblea. Al concluir la curandera la busca y la abofetea. Inmediatamente comienza a recitar un discurso violento en quechua. Se la culpa por la desgracia que se ha desatado sobre ellos.
La expulsan de la toldería por considerarla hija de Mandinga. La vieja desdentada le lanza una tremenda maldición : "Ikumi ususi sapay urqu saxsay" ( mujer, hija del demonio, que el monte te devore hasta hartarse).
Antes del amanecer, Eugenia abandona la aldea, sin agua, sin alimentos, sin caballo. Es una condena a muerte, pero respira aliviada...¡es libre!
Camina sin descanso, los pies descalzos le sangran; los labios, resecos, agrietados. La garganta se le cierra a causa de la sed.
Por las noches duerme acurrucada, tiritando, debajo de los espinillos.
Alguien la encuentra casi muerta, tendida en el suelo árido y pedregoso. Cree soñar con agua fresca derramándose sobre su boca. ¡No, no es un sueño! Empieza a toser y al espabilarse se encuentra rodeada por rostros que la observan con pena.
"¡Angeles!, aunque un poco feos y sucios para ser ángeles", piensa maravillada. En realidad, no son ángeles, son soldados.
Uno de los oficiales, consternado por su historia, se ofrece a llevarla junto a su padre y ella acepta dichosa.
Su alma clama gozosa: "El calvario ha terminado, mi gran dolor es haberte perdido Pedro, mi adorado Pedro. Por nuestro amor te prometo que surgiré de las cenizas , me haré fuerte y no descansaré hasta encontrar a nuestro hijo. Es una promesa".





sábado, 12 de diciembre de 2015

MARIA ANTONIA, LUCHADORA DE RAZA

Chaco, Argentina. 1912
Dura fue la vida de María Antonia, la mayor de cinco hijos, hijos de distintos padres a los que nunca conocieron.
Desde temprana edad comenzó a trabajar en el campo. Sembró, cosechó, amasó pan y salió a venderlo a los criollos que formaban el pequeño núcleo poblacional mezclado con tolderías tobas.
Apenas cumplió los catorce años cuando se enredó con un italiano de veinte años recién llegado al país.
A él lo enamoró el cuerpo sabroso de María Antonia y su sonrisa franca. La deseó desde el primer momento en que la vio vendiendo desenvuelta su pan casero.
Para ella fue un alivio abandonar el rancho que compartía con su madre y sus hermanos. Hastiada de cargar con tantas responsabilidades creyó que su hombre sería la liberación. Se equivocó.
Al principio todo fue dulzura. Le pareció un sueño ser la dueña absoluta de una casita y sentirse cuidada por primera vez en su vida.
El amor que se tenían fue el puente que salvó el escollo del idioma. Al principio apenas se entendían, pero con el correr del tiempo se comprendieron perfectamente.
A Giovanni, por ser colono europeo, el gobierno le concedió una parcela de tierra de unas treinta hectáreas, los materiales para la construcción de la vivienda, semillas, algunas gallinas, un gallo, una vaca, un caballo y las herramientas necesarias para las tareas rurales.
Levantó el rancho en pocos días y lo acondicionó con lo imprescindible: un fogón, un catre, una mesa y dos sillas. Allí llevó a María Antonia que se sintió como una reina.
Juntos prepararon el terreno con abono para la siembra de avena, maíz y trigo. Destinaron una parte importante de la parcela para el cultivo del algodón.
La salida del sol los sorprendía abriendo surcos con los azadones para luego introducir a mano en los surcos las semillas que habían remojado la noche anterior en agua tibia.
María Antonia, a pesar del pesado trabajo, era feliz y aún más cuando quedó embarazada.
Giovanni recibió la noticia con igual alegría y entusiasmo.
Su primer hijo vino con un pan bajo el brazo, las lluvias beneficiaron sus cultivos y el oficio de herrero de su hombre incrementaba la economía del hogar.
La situación comenzó a empeorar cuando María Antonia le anunció la llegada de un tercer hijo. Los hijos representaban para Giovanni un obstáculo que le impedía progresar.
_ ¡Mujer!, eres una ignorante, ¿acaso tu madre no te explicó como cuidarte?_ le gritó fuera de sí.
_ ¿Cuidarme?, ¿cómo es eso?
_ Como voy a suponer que tu madre te explique si es más ignorante que tú. Te preñas justo en el tiempo de cosecha, ¡madonna santa!. ¿Quién me ayudará? Deberé contratar a alguien, ¡porca miseria!
_ No te enojes, yo te voy a ayudar igual _ le dijo contrita.
_ Mejor que así sea, debes estar agradecida que todos los días me levanto antes del canto del gallo para que nada te falte ni a ti ni las niñas
.
La mujer no le retrucó, prefirió permanecer en silencio para evitar una escena violenta que asustara a las pequeñas.
Ella, a la par de Giovanni, se levantaba al alba para comenzar con los quehaceres domésticos y del campo. Ordeñaba la vaca, amasaba el pan y lo cocinaba en el horno de barro que uno de sus hermanos le construyó junto al rancho, debajo de la parra y cerca del pozo de agua.
Cuando no ayudaba en la siembra o en la cosecha, se dedicaba a cultivar hortalizas en su pequeño huerto, además de cocinar, lavar y planchar con una pesada plancha de hierro a carbón, que le quebraba la espalda.
Las niñas eran su alegría, todo lo hacía por amor a ellas.
A Giovanni, nada de lo que hacía su mujer lo complacía. Siempre estaba disgustado, con el ceño fruncido, buscando pelea.
 Si María Antonia le contestaba mal o no hacía lo que él pretendía, la insultaba, rompía platos o vasos. Luego desparecía por uno o dos días para regresar totalmente ebrio.
Las niñas, durante las trifulcas se ocultaban debajo del catre que compartían, temblando, llorando y tapándose los oídos para no escuchar los gritos de su padre. Por temor a recibir un golpe María Antonia nunca le contestaba. Lo único que hacía era rezar para que se fuera y no volviera jamás.
En los días que estaba sola con sus hijas, respiraba en paz. Ella era consciente que su concubino le era infiel, pero no le importaba.
Cuando Giovanni se perdía, vagabundeaba por las tolderías acostándose con las indias. Por la noche regresaba al pueblo, buscaba un boliche y se dedicaba a beber vino, ginebra o caña hasta desmayarse.
Algunas veces, sus paisanos lo llevaban en andas hasta su casa, otras llegaba arrastrándose, sucio de barro y vómito.
Antonia lo acostaba y lo lavaba, y él ni se daba cuenta.
La vida se tornó asfixiante, la muchacha soñaba con huir, ¿pero a dónde con dos niñas y un bebé?
"Hay veces que quiero matarlo, hasta pensé en el veneno para ratas que tengo escondido en el galpón. ¡Que Dios me perdone, pero no lo aguanto más!". Una tarde se lo confesó a su hermana Celina.
"Matalo, pué, matalo", la alentó.
"No lo hago por mis hijos. Si se descubre que fui yo que sería de ellos", se convencía.
Giovanni abandonó su oficio de herrero. Después de trabajar en el campo, se tiraba en el catre y dormía
hasta bien entrada la noche, momento en que se despertaba de mal humor, vaciaba dos litros de vino de pésima calidad y dando un portazo desaparecía.
El desinterés se fue apoderando de Giovanni. Se consideraba un fracasado, todos sus anhelos convertidos en un gran fiasco.
De a poco vendió las tierras a escondidas de Antonia. Su propósito, volver a Italia. Un nuevo embarazo precipitó su decisión.
_ Quiero que te deshagas de ese crío, es imposible que nazca.
_ ¡Ni loca lo hago!
_ ¡Entonces me voy y esta vez para siempre!
Fue hasta el dormitorio, en una valija de cuero cuarteado metió su poca ropa y el dinero que tenía oculto en un agujero camuflado en la pared. Sin decir palabra ni dirigir una mirada de cariño a sus hijos, Giovanni salió de la vida de María Antonia dando un portazo que hizo temblar las paredes del rancho. Antonia suspiró aliviada.
Al poco tiempo tuvo una sorpresa. Un desconocido se presentó junto al comisario con unos documentos que certificaban la compra de los terrenos sembrados, listos para la cosecha.
La mujer, derrumbada, no opuso resistencia. Sólo le quedó el rancho y la huerta, "con eso me basta y me sobra", pensó agradecida.
A pesar de su embarazo, tenía tres niños que alimentar y necesitaba trabajar. En esas circuntancias conoció al patrón de una estancia cercana en el almacén de ramos generales. No dudó en pedirle trabajo como cosechadora, sabía que estaban contratando gente, cosechadores golondrina, los llamaban.
_ Esta bien señora, pero no piense que por estar preñada tendré consideraciones. La paga será de acuerdo a lo que logre cosechar.
Así obtuvo la changa. Cosechó con denuedo. No sólo soportó el peso del bolsón de lona que contenía los capullos de algodón que recolectaba, sino el peso de su prominente vientre.
Al atardecer, luego de pesar la cosecha por la que le daban centavos, emprendía el regreso a pie a su casa, allí la esperaban sus hijos. Sufría cada mañana por dejarlos solos, pero no tenía opción, le urgía disponer de dinero. Pronto nacería su bebé.
Cumplidas las nueve lunas, sintió un calambre que le atravesó el vientre. Contuvo el grito para no asustar a los niños que dormían en la misma habitación que ella.
Una nueva contracción la desgarró y esa vez le fue imposible silenciar el rugido que le brotó de las entrañas.
Así, en una noche estrellada, Antonia tuvo a su niña, un puñadito de carne rosada que berreaba con la misma fuerza que lo hacían los corderitos que tenían en el corral.
Cortó el cordón umbilical como se lo había visto hacer a la comadrona del pueblo que esa primavera había muerto de unas fiebres extrañas.
Con la ayuda de su hija mayor, bañó a la pequeña en un fuentón de agua tibia y la envolvió en una manta de lana descolorida.
Se le prendió al pecho con avidez. Sus tres hermanitos la observaban curiosos. Maria Antonia sonrió complacida. Con devoción, elevó una plegaria a la Virgen del Perpetuo Socorro, patrona de Charata, su pueblo: "Virgencita, que podamos salir adelante"
"Mamita, ¡que linda es!,¿cómo se va a llamar?", le preguntó emocionado su hijo menor.
" Alma, ¿te gusta?"
"Si, mamita, me gusta muy mucho".
Una nueva vida se inició para esta mujer luchadora; una vida de trabajo y sacrificio, pero dueña de un tesoro inmenso, el amor de sus hijos.







LAGRIMAS, SANGRE DEL ALMA

Cuenta una antigua historia, que en un pueblito pesquero encallado sobre las márgenes del Mar Mediterráneo, vivía Donato, un joven con el corazón destrozado por la vil traición de su prometida. Desde entonces se juró no volver a confiar en ninguna mujer.
El muchacho jovial y honesto, se volvió taciturno y huraño. Gozaba de las mujeres y luego las desechaba sin contemplaciones. Su estampa lo beneficiaba, todas suspiraban por el joven moreno que las hechizaba con sus penetrantes ojos verdes. Competían por ser merecedoras de su galanteo, aún conociendo su crueldad.
Una noche, con algunas copas demás, Donato y sus amigos, terminaron la juerga en un campamento gitano que se había establecido en las afueras del pueblo.
Alrededor de una fogata bailaba una muchacha al ritmo de un brioso chardas. El violín acompañaba sus movimientos cadenciosos y sensuales, incrementando la libido de los hombres que la observaban pasmados.
Con el vuelo de su colorida y vaporosa pollera, rozó con atrevimiento el rostro de Donato. Luego se inclinó
sobre él enseñando su generoso escote. Los demás espectadores silbaron excitados por el espectáculo. Ella, con donaire, lo tomó de la mano y lo condujo hasta un carromato en medio de aplausos y carcajadas.
Donato amaneció en su casa. Cómo había llegado allí, no lo recordaba. Sólo recordaba la tibieza de un cuerpo que lo enloqueció y unos besos brujos que lo enajenaron.
Al anochecer, la visita de la gitana lo sorprendió. "Si ella desea continuar con el juego, ¿quién soy yo para impedirlo?", pensó divertido. Pero la diversión pronto se desvaneció. En los albores de la mañana, Donato, ya aburrido del cuerpo voluptuoso de su compañera la despidió, primero con gentileza, pero como la gitana se negó llorando y suplicando, de un brazo la arrojó de su casa.
Cargada de odio, frustración e impotencia, lo maldijo:
"Sufrirás malparido por lo que me has hecho padecer a mí y a todas las mujeres que han pasado por tu miserable vida.
Que las lágrimas se encaprichen dentro de tus ojos y aunque el dolor te acongoje, no quieran caer.
Que el corazón se te ensanche, que lo sientas crecer dentro de tu pecho, y no tengas más remedio que amar, y cuando el amor verdadero despierte tu corazón de piedra, se te sea negado hasta que la sangre de tu alma lave esta maldición".
Con la satisfacción de la venganza, dio media vuelta y desapareció por una calle retorcida, atiborrada de puertas, pasadizos y pequeñas terrazas.
Pasados algunos días, el sabor amargo de la maldición ponzoñosa como picadura de serpiente, pasó al olvido. Donato siguió con su vida displicente, sin temor ni remordimiento.
Un amanecer, luego de pescar durante toda la noche, Donato volvía del puerto destruido por el cansancio. Lo único que deseaba era una taza de café caliente.
La vi justo al doblar una esquina, debajo de un balcón engalanado de petunias y geranios. Inmediatamente se sintió atraído por ella. Se acercó con su acostumbrado aire de conquistador, pero el conquistado resultó él.
_ ¿Qué vendes? _ fue la pregunta tonta que atinó hacer.
_ Está a la vista. Flores_ contestó risueña revelando una voz musical que lo subyugó._ Jazmines, jacintos, lirios...elige, ¿cuál quieres?
_ Te quiero a ti.
La declaración inusitada la sorprendió. La mirada verde, profunda como el mar que los rodeaba, le entibió el alma. Sin embargo reaccionó con altanería.
_ Yo no estoy a la venta _ le reprochó, tomó su canasta y corrió calle abajo.
_ ¡Tu nombre! _ quiso saber.
_ Alba _ le gritó cantarina, sin darse vuelta.
Donato se la quedó mirando. Sintió que su corazón se ensanchaba, no teniendo más remedio que amarla. Él que siempre jugó con los sentimientos, ahora era preso de ellos.
La buscó incansable. La encontró, la persiguió, le declaró su amor con insistencia sin importarle las bromas pesadas de sus amigos. Finalmente Alba le entregó su corazón.
El día de la boda, le pareció tocar el cielo. Alba resplandecía. Su grácil figura, envuelta en tules y flores, le daba una apariencia volátil, seráfica. Donato era feliz y todo el pueblo compartía su dicha.
De repente, por un breve instante, con la fuerza de un rayo una presencia sombría hirió su felicidad. La gitana, con la vista clavada en su persona, le sonreía socarrona.
Un beso tierno de Alba y su exquisita fragancia a primavera, enseguida borraron el miedo que comenzó a trepar en su interior.
Cuando supuso que más dichoso era imposible ser, Alba le anunció que serían padres.
Contaron con ansiedad el paso de las nueve lunas, esperando emocionados la llegada de su hijo. Pero a medida que se acercaba el momento del parto, Donato comenzó a tener pesadillas. En ellas aparecía la gitana con una serpiente enroscada en el torso. Ambas lo observaban con frialdad y reían diabólicamente. El trataba de escapar, pero no podía, estaba atrapado en lodo y sangre...¡la sangre de Alba!. Una voz áspera, gutural, repetía: "El amor verdadero se te sea negado hasta que la sangre de tu alma borre esta maldición".
Alba, al notarlo apesadumbrado, se afligió; pero Donato, con una mentira, la tranquilizó.
Nunca le confesaría la verdad, nunca le contaría sobre las mujeres que despreció brutalmente, de las que se burló y humilló. Menos aún le referiría sobre la maldición que por su egoísmo fue merecedor. Ella debía estar al margen de la parte oscura de su vida, como a este ese momento. La vergüenza y los remordimientos lo consumían y el pánico de perder a Alba, lo paralizaba.
La calamidad se desató después del nacimiento. El niño nació saludable, pero la madre quedó muy débil. Una incontrolable hemorragia la estaba llevando a la tumba.
Desquiciado, Donato rezó, rogó, suplicó...Alba no mejoraba.

La comadrona le habló, entonces, de una curandera que podría ayudarlo. "Con intentar, nada perdemos", lo alentó.
Al anochecer encontró la casa en la parte más alta del pueblo, escondida detrás de un ramoso castaño. Entró con sigilo, el lugar estaba en penumbras. Tres velas encendidas sobre una mesa de roble, le indicaron la dirección que debía seguir. Allí estaba esperándolo la curandera. Una bella anciana, pulcra, esbelta, lo impresionó. La miró intrigado.
_ ¿Qué esperabas?, ¿una vieja fea y jorobada? _ se rió.
_ Sí_ contestó sincero.
_ No te dejes sorprender por las apariencias. Lo que importa es la esencia. ¿Qué te perturba?
_ Mi mujer está muriendo...hace poco parió a mi hijo y ahora se desangra...
_ Tengo una pócima de ortiga que cortará la hemorragia...
_ Eso no es todo_ la interrumpió _ Tuve una vida licenciosa y ella está pagando mi culpa. Una gitana despechada me maldijo...nunca podré retener a mi verdadero amor hasta tanto no rompa el conjuro con la sangre de mi alma...¡y no sé lo que eso significa! _ se desesperó.
_ Una vez un santo dijo: "Las lágrimas son la sangre del alma". Las lágrimas, ¡tus lágrimas!, son la solución al dilema.
_ Desde que la gitana me maldijo no puedo llorar. ¡Ay, Dios mío!, entonces Alba morirá.
_ Tranquilízate, buscaremos una salida. Venceremos el sortilegio. Primero debes arrepentirte de todo lo malo que has hecho
_ ¡Lo estoy, lo estoy! _ dijo convencido.
_ Deberás pedir perdón, una a una, a las mujeres que heriste.
_ ¿A la gitana también? _ se desconsoló.
_ También _ la curandera fue tajante.
_ ¿Y si no me perdonan?
_ Lo importante es que tú te humilles, que tú te rebajes. La lección es para ti, no para ellas. Terminado esto, escribirás las palabras de la gitana en una hoja de papel, la pondrás dentro de un cofre de madera y la enterrarás al pie del Acebo que está detrás de la iglesia. Es un árbol mágico que protege del mal de ojo. Pero debes hacerlo en el Plenilunio que comienza mañana. Es una época mágica que hace posible el cambio espiritual en las personas que lo desean, es un tiempo de reflexión en donde las palabras adquieren consistencia siendo la luna capaz de transformar las malditas en benditas. ¡Vete ya! _ empujándolo, lo obligó a marcharse.
Consternado regresó a su hogar. Ahogando su dolor simuló una sonrisa ante Alba. Pálida, casi espectral. Derramó sobre sus labios el brebaje de ortiga esperando un milagro que no ocurrió. Durmió a su lado, apoyando la cabeza sobre el cansado corazón de su amada.
Muy temprano salió decidido a cumplir con su misión. Todas lo escucharon sorprendidas, muchas lo abofetearon, pocas lo perdonaron...una sola lo besó con pasión, la gitana. Simplemente lo besó y desapareció.
Con el espíritu ligero, se preparó para la segunda fase. Con letra clara y prolija escribió las palabras de la maldición, introdujo el papel en un cofrecito de madera rústica y se dispuso a esperar la noche.
Cuando a la medianoche, la luna, coronada de estrellas refulgió en el firmamento, Donato se dirigió presuroso a la iglesia. Cavó un pequeño pozo, aunque profundo y allí colocó esperanzado el cofre.
Volvió junto a su mujer, cerró los ojos y comenzó a repetir la oración de una tarjeta que la curandera le depositó en la mano durante su visita.
Mientras invocaba el poder de la Luna una gran luz blanca entró por su cabeza hasta su corazón, llenándolo de luz por dentro y por fuera. Luego esa luz comenzó a irradiarse a través de las palmas de sus manos que colocó sobre el pecho de Alba llenándola de energía. Los dos quedaron cubiertos de esa luz mágica que los preñó de armonía, paz y alegría.
Donato se inclinó sobre su mujer, le acarició con adoración la frente, las mejillas demacradas; besó con ternura los labios resquebrajados. Pero sus lágrimas, sangre de su alma, no asomaban.
De pronto Alba abrió los ojos, cristalinos, puros, cálidos, rebosantes de amor y los posó en Donato.
Un fuego extraño conjugado con el poder de la luz blanca, lo recorrió como una lanza derritiendo la cadena que oprimía su alma.
Una lágrima, tímida, apocada resbaló por la mejilla de Donato. Luego otra y otra más, hasta que el dique cedió y comenzó a llorar con la avidez de un niño pequeño.
Las lágrimas de Donato, sangre de su alma, rompieron el conjuro bajo el amparo de la majestuosa Luna Llena que como una flor en lo alto del cielo, con deleite silencioso los mira y sonríe.



lunes, 7 de diciembre de 2015

AMADO RECUERDO

Primera Guerra Mundial- En las trincheras, su único lugar, los soldados, con sus uniformes descoloridos y enfangados, ajenos a todo atisbo de gloria y honor, se aferran al recuerdo de su vida de antaño. En esta guerra, sucia y tediosa, la correspondencia es un momento de evasión imprescindible para mantener un atisbo de cordura. Los altos mandos lo saben, y los contendientes organizan el mayor sistema de correo jamás visto. Millones de misivas se cruzan portando un mismo susurro : "sigo vivo".

Desde el frente de Verdún, 3 / 2 / 1918
Amor mío:
           Estoy aquí, en la trinchera, mi único hogar, mi refugio, con un fuego de leña y un montón de paja, escribiéndote. Me duele tener que contarte lo que está sucediendo en el frente de batalla, pero necesito desahogar mi alma de tanta tragedia y tú, mi querida, eres mi bocanada de aire puro; mi consuelo bendito.
Tu recuerdo me fortalece en el momento de tomar la bayoneta y enfrentarme cara acara con la muerte. Por ti me aferro a la vida, por volver a besar tus labios de rosa, por embriagarme con la fragancia de tus cabellos dorados, por perderme en tus curvas sabrosas.
Estoy harto, de patriotismo no me queda nada. Mi importa un bledo si Alemania tendrá a Alsacia, o si la tendrá Bélgica o Francia. Mi mayor deseo es huir de este cenegal de sangre y carne, y volver a tus brazos.
Cada día los combates son más duros. Muchos yacen en el campo de batalla y muchos más caerán.
¡Cuántos más caerán! ¡Que atrocidad! Muerte y destrucción por todas partes.
La semana pasada defendimos un puente. Los alemanes intentaron cruzar a nuestro lado del río, pero cuando llegaron a la mitad del puente, abrimos un fuego tan feroz que tuvieron que retroceder corriendo. En el puente se apilaron montañas de cadáveres. Al día siguiente insistieron en cruzar a toda costa. Se metieron hasta el cuello en el agua, pero nuestras ametralladoras los barrieron. ¡Ay, mi amor!, las aguas del río se tiñeron de rojo...ver semejante masacre nos revolvió las entrañas, a nosotros, sus asesinos.
Es así como me siento, un asesino. Ya no sé quien es mi enemigo. ¿El soldado que pena en la trinchera de enfrente bajo otra bandera es mi antagonista?  ¿Lo es mi General, que decide un ataque infructuoso que costará decenas de miles de vidas?
Privaciones, sangre, suciedad...así vivimos. El incesante rugido de cañones me destroza los nervios ; a veces tengo ganas de llorar como un niño. Es en ese instante cuando tu recuerdo me rescata y me insufla energía para seguir resistiendo.
Siempre llevo conmigo tu fotografía, esa que te tomé en nuestro viaje a Florencia, sobre el Ponte Vecchio, ¿recuerdas?. Sobre ese puente de piedra medieval, donde se respira magia y romanticismo, allí donde nos juramos amor eterno. Cuando este infierno concluya, regresaremos. Enganchado en la baranda del puente nos espera el candado con el que sellamos nuestra alianza, nuestros nombres amalgamados en él lo atestiguan. Me parece verte tirando la llave en las aguas del río Arno, tan etérea... el viento delizándose sobre tu piel, que como una perla preciosa encendió mi lascivia.¡Cuanto te extraño!
¡Ay, mi vida!, debo doblegar mi espíritu rebelde para no desertar y correr a tu encuentro. Frenar mi furia, para acatar las órdenes de mis superiores, cada vez más ridículas. ¿Cómo esperan que lancemos ofensiva tras ofensiva cuando las enfermedades y el cansancio están haciendo estragos?
Nos gritan, "¡Prepárense para el ataque!". Una corriente eléctrica nos atraviesa, algunos compañeros comienzan a comprobar la munición; otros,se quitan la gorra y se santiguan devotamente. De pronto llega otra orden, "¡Avancen!", beso tu foto y salto la trinchera. El sargento grita, "¡Hermanos!, al ataque, adelante"
Como hormigas mantenemos la alineación marchando con la bayoneta en mano y mirando a los ojos a la muerte.
Los que siguen en la línea del frente no escuchan más que el sonido de las ametralladoras que asesinan anónimamente, los gemidos de los compañeros heridos, los relinchos de los caballos moribundos, el latido salvaje del propio corazón...y así día tras día, noche tras noche, atrapados en una oscuridad perpetua.
Es vergonzoso que se nos sacrifique de esta manera.
El Gobierno nos ha mentido. Según ellos íbamos a ganar rápidamente y ya son millones los muertos y heridos. Esta guerra se sustenta sobre mentiras y traiciones. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar tanta infamia?.
¿Cuánto tiempo más tendré que esperar para hacer realidad mi sueño de poseerte? Tu recuerdo me sostiene, me enciende, me inquieta...
Tesoro mío, que Dios te acompañe y proteja hasta mi vuelta. Ruega por ello.
                                                                                Por siempre tuyo, Pierre.