miércoles, 3 de febrero de 2016

AMANDOTE BAJO LA LUNA

"Vuélveme tu suspiro, y subiré y
 bajaré de tu pecho, me enredaré en tu
 corazón, saldré al aire para poder entrar.
 Y estaré en este juego toda la vida"  (Gabriela Mistral)


 El calor apretaba esa noche. Hasta la luna parecía sufrirlo. El sonrojo de su cara redonda lo atestiguaba.
"Luna roja, luna sanguínea", suspiró con nostalgia Jean Baptiste. Extrañaba sus tierras, la vasta campiña que rodeaba la casa de sus antepasados. Extrañaba sus raíces.
Un acontecimiento crucial en su aburrida vida, lo obligó a abandonar sus afectos, sus intereses, sus costumbres, para refugiarse en un país lejano y desconocido.
La suerte quiso que su padre necesitara un ojo avizor en la plantación de algodón en Nueva Orleáns, propiedad de la familia. Y hacia allá huyó, aliviado de no tener que dar explicaciones de una situación que el tiempo haría evidente.
Con fastidio, comenzó a vestirse para la recepción organizada por amigos de su padre. Imposible negarse, la hospitalidad y la cortesía nunca debían ser defraudadas. El, como forastero, debía respetarlas para ser aceptado en esa sociedad cerrada y elitista.
Suspiró por una horchata helada, las que preparaba su madre eran deliciosas. En cambio, la negra Felipa le agregaba demasiado azúcar y poca canela para su gusto.
Terminó de anudarse el corbatín de seda negra frente al espejo. Acomodó su cabello espeso y crespo de una tonalidad rojiza, con desgano.
"Amito, ¡que elegancia!", exclamo Felipa al verlo bajar por la impresionante escalera de mármol.
Apenas le sonrió. Se limitó a tomar el bastón que con premura la negra le ofrecía y sin despedirse, desapareció en la oscuridad.
"Este joven es muy raro. Come poco, toma poco, no habla,vive encerrado, no le gustan los caballos...y por las noches, desaparece hasta el amanecer. Muy raro", canturreó la esclava.
Jean Baptiste caminó hasta la plantación vecina. No le importó el camino fangoso y accidentado. El lo sobrevoló evitando ensuciar sus botas charoladas.
Un negro obeso y de piel lustrosa lo recibió en el hall de entrada. Cientos de velas iluminaban el salón. El olor a cera de abejas le revolvió las entrañas, pero lo disimuló. Últimamente se estaba convirtiendo en un maestro de la simulación. Este pensamiento le causó gracia.
Agradeció una copa de vino rojo, que gentilmente le ofreció una negra delgada como un junco.
No lo probó, a pesar de tentarse por el color, tan parecido a la sangre.
Se vio rodeado por varios hombres, todos "Barones del algodón". Conversaron sobre negocios mientras se deleitaban fumando unos aromáticos cigarros importados de Cuba.
Lo atrajo una melodía oscura y melancólica; se identificó en ella, se vio comprendido en su forma pura. Le tocó el corazón. "Esa melodía es la bandera de mi nostalgia", pensó taciturno, el alma herida por las notas de un piano oculto a su visión.
Con amabilidad se desprendió de una conversación frívola, y como bajo el influjo de un hechizo, se dejó guiar por la romanza.
Su espíritu languideció ante la escena que se abrió ante el. Una joven etérea como un hada, de largos cabellos del color de la luna era la bella intérprete de la tonada que capturó su alma.
Como presintiendo su presencia, volvió su mirada hacia él. Sus ojos azabache y borrascosos, lo hipnotizaron. Se reconocieron.
La amó, con pasión, con delirio. La amó sin conocerla, sin rozar su piel de alabastro, sin besar sus labios carnosos, la amó con desesperación. Le urgió saciarse de ella, como si fuese un manantial de vida.
Al concluir su interpretación, la dama caminó directamente a al encuentro del hombre que la observaba con ardor.
Del brazo salieron juntos al jardín sin mediar palabra entre ellos. Se comunicaban con la mirada, se comprendían con el corazón. Unidos por un mismo destino, hasta hace unos años, siniestro; hoy, glorioso.
La luna los cubrió con su luz mortecina augurándoles felicidad.
Se besaron extasiados. La deliciosa fragancia a sangre los aturdió.
Al cruzar sus miradas, sus colmillos afilados, húmedos brillaron bajo la luz de la luna.



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