sábado, 12 de diciembre de 2015

MARIA ANTONIA, LUCHADORA DE RAZA

Chaco, Argentina. 1912
Dura fue la vida de María Antonia, la mayor de cinco hijos, hijos de distintos padres a los que nunca conocieron.
Desde temprana edad comenzó a trabajar en el campo. Sembró, cosechó, amasó pan y salió a venderlo a los criollos que formaban el pequeño núcleo poblacional mezclado con tolderías tobas.
Apenas cumplió los catorce años cuando se enredó con un italiano de veinte años recién llegado al país.
A él lo enamoró el cuerpo sabroso de María Antonia y su sonrisa franca. La deseó desde el primer momento en que la vio vendiendo desenvuelta su pan casero.
Para ella fue un alivio abandonar el rancho que compartía con su madre y sus hermanos. Hastiada de cargar con tantas responsabilidades creyó que su hombre sería la liberación. Se equivocó.
Al principio todo fue dulzura. Le pareció un sueño ser la dueña absoluta de una casita y sentirse cuidada por primera vez en su vida.
El amor que se tenían fue el puente que salvó el escollo del idioma. Al principio apenas se entendían, pero con el correr del tiempo se comprendieron perfectamente.
A Giovanni, por ser colono europeo, el gobierno le concedió una parcela de tierra de unas treinta hectáreas, los materiales para la construcción de la vivienda, semillas, algunas gallinas, un gallo, una vaca, un caballo y las herramientas necesarias para las tareas rurales.
Levantó el rancho en pocos días y lo acondicionó con lo imprescindible: un fogón, un catre, una mesa y dos sillas. Allí llevó a María Antonia que se sintió como una reina.
Juntos prepararon el terreno con abono para la siembra de avena, maíz y trigo. Destinaron una parte importante de la parcela para el cultivo del algodón.
La salida del sol los sorprendía abriendo surcos con los azadones para luego introducir a mano en los surcos las semillas que habían remojado la noche anterior en agua tibia.
María Antonia, a pesar del pesado trabajo, era feliz y aún más cuando quedó embarazada.
Giovanni recibió la noticia con igual alegría y entusiasmo.
Su primer hijo vino con un pan bajo el brazo, las lluvias beneficiaron sus cultivos y el oficio de herrero de su hombre incrementaba la economía del hogar.
La situación comenzó a empeorar cuando María Antonia le anunció la llegada de un tercer hijo. Los hijos representaban para Giovanni un obstáculo que le impedía progresar.
_ ¡Mujer!, eres una ignorante, ¿acaso tu madre no te explicó como cuidarte?_ le gritó fuera de sí.
_ ¿Cuidarme?, ¿cómo es eso?
_ Como voy a suponer que tu madre te explique si es más ignorante que tú. Te preñas justo en el tiempo de cosecha, ¡madonna santa!. ¿Quién me ayudará? Deberé contratar a alguien, ¡porca miseria!
_ No te enojes, yo te voy a ayudar igual _ le dijo contrita.
_ Mejor que así sea, debes estar agradecida que todos los días me levanto antes del canto del gallo para que nada te falte ni a ti ni las niñas
.
La mujer no le retrucó, prefirió permanecer en silencio para evitar una escena violenta que asustara a las pequeñas.
Ella, a la par de Giovanni, se levantaba al alba para comenzar con los quehaceres domésticos y del campo. Ordeñaba la vaca, amasaba el pan y lo cocinaba en el horno de barro que uno de sus hermanos le construyó junto al rancho, debajo de la parra y cerca del pozo de agua.
Cuando no ayudaba en la siembra o en la cosecha, se dedicaba a cultivar hortalizas en su pequeño huerto, además de cocinar, lavar y planchar con una pesada plancha de hierro a carbón, que le quebraba la espalda.
Las niñas eran su alegría, todo lo hacía por amor a ellas.
A Giovanni, nada de lo que hacía su mujer lo complacía. Siempre estaba disgustado, con el ceño fruncido, buscando pelea.
 Si María Antonia le contestaba mal o no hacía lo que él pretendía, la insultaba, rompía platos o vasos. Luego desparecía por uno o dos días para regresar totalmente ebrio.
Las niñas, durante las trifulcas se ocultaban debajo del catre que compartían, temblando, llorando y tapándose los oídos para no escuchar los gritos de su padre. Por temor a recibir un golpe María Antonia nunca le contestaba. Lo único que hacía era rezar para que se fuera y no volviera jamás.
En los días que estaba sola con sus hijas, respiraba en paz. Ella era consciente que su concubino le era infiel, pero no le importaba.
Cuando Giovanni se perdía, vagabundeaba por las tolderías acostándose con las indias. Por la noche regresaba al pueblo, buscaba un boliche y se dedicaba a beber vino, ginebra o caña hasta desmayarse.
Algunas veces, sus paisanos lo llevaban en andas hasta su casa, otras llegaba arrastrándose, sucio de barro y vómito.
Antonia lo acostaba y lo lavaba, y él ni se daba cuenta.
La vida se tornó asfixiante, la muchacha soñaba con huir, ¿pero a dónde con dos niñas y un bebé?
"Hay veces que quiero matarlo, hasta pensé en el veneno para ratas que tengo escondido en el galpón. ¡Que Dios me perdone, pero no lo aguanto más!". Una tarde se lo confesó a su hermana Celina.
"Matalo, pué, matalo", la alentó.
"No lo hago por mis hijos. Si se descubre que fui yo que sería de ellos", se convencía.
Giovanni abandonó su oficio de herrero. Después de trabajar en el campo, se tiraba en el catre y dormía
hasta bien entrada la noche, momento en que se despertaba de mal humor, vaciaba dos litros de vino de pésima calidad y dando un portazo desaparecía.
El desinterés se fue apoderando de Giovanni. Se consideraba un fracasado, todos sus anhelos convertidos en un gran fiasco.
De a poco vendió las tierras a escondidas de Antonia. Su propósito, volver a Italia. Un nuevo embarazo precipitó su decisión.
_ Quiero que te deshagas de ese crío, es imposible que nazca.
_ ¡Ni loca lo hago!
_ ¡Entonces me voy y esta vez para siempre!
Fue hasta el dormitorio, en una valija de cuero cuarteado metió su poca ropa y el dinero que tenía oculto en un agujero camuflado en la pared. Sin decir palabra ni dirigir una mirada de cariño a sus hijos, Giovanni salió de la vida de María Antonia dando un portazo que hizo temblar las paredes del rancho. Antonia suspiró aliviada.
Al poco tiempo tuvo una sorpresa. Un desconocido se presentó junto al comisario con unos documentos que certificaban la compra de los terrenos sembrados, listos para la cosecha.
La mujer, derrumbada, no opuso resistencia. Sólo le quedó el rancho y la huerta, "con eso me basta y me sobra", pensó agradecida.
A pesar de su embarazo, tenía tres niños que alimentar y necesitaba trabajar. En esas circuntancias conoció al patrón de una estancia cercana en el almacén de ramos generales. No dudó en pedirle trabajo como cosechadora, sabía que estaban contratando gente, cosechadores golondrina, los llamaban.
_ Esta bien señora, pero no piense que por estar preñada tendré consideraciones. La paga será de acuerdo a lo que logre cosechar.
Así obtuvo la changa. Cosechó con denuedo. No sólo soportó el peso del bolsón de lona que contenía los capullos de algodón que recolectaba, sino el peso de su prominente vientre.
Al atardecer, luego de pesar la cosecha por la que le daban centavos, emprendía el regreso a pie a su casa, allí la esperaban sus hijos. Sufría cada mañana por dejarlos solos, pero no tenía opción, le urgía disponer de dinero. Pronto nacería su bebé.
Cumplidas las nueve lunas, sintió un calambre que le atravesó el vientre. Contuvo el grito para no asustar a los niños que dormían en la misma habitación que ella.
Una nueva contracción la desgarró y esa vez le fue imposible silenciar el rugido que le brotó de las entrañas.
Así, en una noche estrellada, Antonia tuvo a su niña, un puñadito de carne rosada que berreaba con la misma fuerza que lo hacían los corderitos que tenían en el corral.
Cortó el cordón umbilical como se lo había visto hacer a la comadrona del pueblo que esa primavera había muerto de unas fiebres extrañas.
Con la ayuda de su hija mayor, bañó a la pequeña en un fuentón de agua tibia y la envolvió en una manta de lana descolorida.
Se le prendió al pecho con avidez. Sus tres hermanitos la observaban curiosos. Maria Antonia sonrió complacida. Con devoción, elevó una plegaria a la Virgen del Perpetuo Socorro, patrona de Charata, su pueblo: "Virgencita, que podamos salir adelante"
"Mamita, ¡que linda es!,¿cómo se va a llamar?", le preguntó emocionado su hijo menor.
" Alma, ¿te gusta?"
"Si, mamita, me gusta muy mucho".
Una nueva vida se inició para esta mujer luchadora; una vida de trabajo y sacrificio, pero dueña de un tesoro inmenso, el amor de sus hijos.







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